domingo, 13 de noviembre de 2016

VALLE DEL CAUCA

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Reaniman suelos vallecaucanos

La siembra de árboles frutales y forrajes, el uso de lombricompost (abono que producen las lombrices de tierra) y la cría de cuyes (cavicultura) conforman la fórmula con la que los propietarios de la finca El Milagro, ubicada en Roldanillo, al norte del Valle del Cauca, consiguieron recuperar los suelos abatidos por el desgaste extremo.

Una de las propietarias de esta finca agroecológica, Marta Salcedo Grajales, afirma que la producción de café genera muchos residuos orgánicos, los cuales al mezclarlos con la cuyinaza (estiércol de cuy), en un lombricultivo, se transforman en abono. Con esta materia prima se nutren los suelos donde crece el forraje que alimenta los animales fuente de proteína para autoconsumo y venta.

El Milagro es un ejemplo de cómo se pueden aprovechar de manera sustentable los recursos de una finca, mejorando los ingresos económicos de los productores. Además de los propietarios del terreno, otras 213 familias de once municipios del departamento, se han visto beneficiadas, con iniciativa liderada por la Universidad Nacional de Colombia (UN) Sede Palmira, en convenio con la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC).

En Bugalagrande, Tuluá, Dagua, Restrepo, La Cumbre, Zarzal, Roldanillo, La Unión, Cartago, Alcalá y Ulloa fueron intervenidas 689 hectáreas (ha) destinadas a la producción agrícola y pecuaria para garantizar la protección del suelo, cuya erosión es una de las problemáticas más importantes de la región y del país.

Un estudio publicado en 2015 por la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (UDCA) y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia (Ideam) reveló que en más de la mitad de los departamentos de Colombia los grados de erosión son mayores al 40 %. Entre ellos se encuentran Antioquia, Boyacá, Casanare, Cauca, Chocó, Córdoba, Cundinamarca, Meta, Nariño, Norte de Santander, Risaralda, Santander, Tolima y Valle del Cauca.

Jhoan Sebastián Mora, ingeniero agrónomo de la UN, explica que en el Valle del Cauca los suelos sustentaban diversos tipos de bosques, pero empezaron a ser utilizados para producción agrícola y quedaron desprotegidos y susceptibles a procesos de erosión.

Además, “se cree erróneamente que los árboles afectan el rendimiento de las pasturas, sin embargo, estos sirven como cercas vivas que facilitan el intercambio (ciclaje) de nutrientes, la protección física del suelo y, por tanto, son aliados en la reducción de la erosión, la conservación de la humedad y el aumento de la biodiversidad”.

Aprender haciendo

Para llevar a cabo el proyecto fue necesario realizar acercamientos que promovieran la utilización del conocimiento de las comunidades rurales, mediante la cooperación entre los campesinos y el equipo de profesionales, coordinado desde el Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la UN.

Una vez identificadas las causas del deterioro de los suelos, fueron diseñados los planes de capacitación, centrados en la priorización del uso de especies nativas, el manejo y la siembra de árboles frutales, el uso eficiente del agua y la producción de abonos orgánicos. Todo bajo el esquema “aprender haciendo”, en el que a través de parcelas investigativas confluyen, con sus saberes y experiencias, investigadores, agricultores, ganaderos, docentes y estudiantes. De esta manera, se establecieron tres líneas de acción, agropecuaria, hídrica y ambiental.

El componente agropecuario fue diseñado para promover estrategias que facilitaran el flujo de nutrientes y energía en cada predio. Para ello, se llevaron a cabo iniciativas centradas en la agrobiodiversidad y la soberanía alimentaria de los integrantes de las familias.

Por ejemplo, en las fincas agrícolas fueron establecidas 43 unidades de lombricultura, con lombrices rojas o composteras, las cuales convierten las malezas y los desechos en un abono llamado humus, de gran efectividad en la recuperación de suelos degradados. Mientras que, en los predios de vocación ganadera, se sembraron 25 kilómetros (km) de cercas vivas y árboles dispersos al interior de los potreros. Además, el manejo de bancos forrajeros (áreas de las fincas dedicas a la siembra de pastos para alimentar el ganado) fue establecido.

Respecto al componente hídrico, el enfoque mitigó las problemáticas existentes en torno al agua. Establecieron 16 km de sistemas de riego por goteo y exploraron la posibilidad de usar el agua lluvia, pues es un recurso desaprovechado y relativamente abundante en las zonas intervenidas durante ciertas épocas del año.

En cuanto a las acciones de carácter ambiental, se contempló el aislamiento de 156 ha de bosque y fuentes hídricas. También, fueron creados corredores biológicos en áreas con fuertes procesos erosivos para restaurarlas y al mismo tiempo favorecer el tránsito de fauna entre relictos boscosos. De igual manera se realizaron aislamientos forestales para protegerlas de la presencia del ganado.

“Llevamos casi una década realizando agricultura orgánica, por lo que tenemos el fundamento empírico. El programa nos apoyó técnicamente con prácticas que aumentaron la producción de maíz, fríjol y zapallo”, afirma Jorge Enrique Hernández Pascuas, de la cuenca del río Dagua, beneficiado con el proyecto.

En un alto porcentaje, la iniciativa estuvo enfocada en los procesos de agricultura familiar que tienen un importante papel socioeconómico, ambiental y cultural frente a las condiciones agroecológicas y las características territoriales de la región.

Según Ángela Liliana León Cifuentes, ingeniera ambiental de la UN, coordinadora de la logística del proyecto, se identificaron los impactos a escala predio. Esto evidencia la intención de apoyar a los pequeños productores, pues con base en lo señalado por entidades internacionales, entre ellas la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la agricultura familiar es un sector clave para lograr la erradicación del hambre y el cambio hacia sistemas agrícolas sostenibles en América Latina.


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